Ese pequeño gesto

Esta entrada va a ser la más larga de las que he escrito hasta ahora porque va de un tema que me es importante. De hecho, está relacionado con uno de los motivos por los que comencé a escribir este blog.

Hace cosa de un mes venía de hacer unos recados que llevaba posponiendo días. 

En la calle hacia frío y parecía que iba a empezar a llover en cualquier momento. 

A mí me dolían los riñones de llevar al bebé durante un par de horas en el porta bebés y estaba cansada porque se había llevado todo el paseo lloriqueando. 

Le acababa de dar el pecho en una cafetería, así que hambre no debía tener.

Lo que más me apetecía era llegar a casa para ponernos cómodos, con la esperanza de que se quedase dormido.

Normalmente al peque le gusta que nos montemos en el bus, tranvía o metro. Creo que le tranquiliza el sonido del motor y le entretiene observar el entorno, así que incluso aunque esté llorando, se suele calmar en el transporte.

Pero ese día se ve que estaba tan disgustado que al montarnos en el metro incluso lloró más fuerte.

Aquí debo hacer un inciso para explicar cuál era hasta hace unos meses mi postura respecto al llanto de bebé.

Sé que queda fatal escribir esto en un blog sobre maternidad, pero antes de tener al mío, cada vez que veía un bebé gritando, me imaginaba lo cómodo que sería poder cerrar las orejas como los gatos. 

Y en el  fondo pensaba “algo estarán haciendo mal los padres. Cuando yo tenga el mío seguro que no llora así porque lo vamos a criar en un entorno equilibrado”. 

Para ilustrarlo voy a contar un episodio que me pasó estando ya embarazada. Un día me monté en un vagón de metro donde un niño de aproximadamente un año y medio o dos lloraba a grito pelado. La madre le dijo algo corto que no entendí porque creo que era en ruso, pero el niño siguió chillando con su cara de infelicidad extrema y la madre no hizo nada más, aparte de quedarse ahí al lado con una cara de disgusto que le llegaba al suelo. A mí me dio dolor de barriga del alboroto y con toda la exageración de embarazada novata (con miedo de que me entrasen contracciones del estruendo) me fui a otro asiento más lejos donde el berrinche se oía menos. Y pensé “pero por qué no hace nada la madre? Vaya falta de consideración a los demás”.

Pero entonces tras unos meses me tocó a mí: un bebé precioso y bueno, un angelito de amor… y que llora tanto como todos los demás 😛

Volviendo al día en cuestión. 


No es la primera vez que el peque llora en un momento incómodo (por poner un ejemplo, la vuelta en avión desde España cuando tenía tres meses), pero hasta ahora había tenido una suerte increíble con la gente alrededor. 

Sin embargo este día en el metro no estaba por ahí la típica señora que dijera comprensiva “ay, pobrecito, alles gut, cuchicuchi” (que suele funcionarle muy bien cuando se lo dice cualquier señora por la calle) ni los que me sonríen con una mirada de “te compadezco, lo debes de estar pasando mal, tú tranquila”. 

Quizá por ser la hora de vuelta del trabajo, los demás pasajeros tenían cara de cansados. 

La mayoría miraba a otra parte (hoy en día suele ser la pantalla del móvil) pero uno que hablaba por teléfono nos miraba con cara de que molestábamos (cosa obvia y que entiendo) y lo que hasta ahora no había visto nunca, una chica más o menos de mi edad (eso sí, mucho más arreglada que yo, maquillada, bien peinada y con ropa elegante) esperó a que nuestras miradas se encontrasen para girar los ojos hacia arriba en signo de exasperación (y acto seguido me echó una mirada muy seria, diría que incluso reprobatoria).

Me sentí como el personaje de una comedia en una escena en la que se siente ridículamente fuera de lugar y excluido: con el pelo sucio (porque tengo que esperar a que mi marido se quede con el peque para poder ducharme y a veces no me da tiempo para la cabeza), con una chaqueta llena de pelotillas (la única que me puedo cerrar con la mochila porta bebés es una que usaba en los 2000 y seguía en un armario de casa de mis padres), con ropa mal combinada (los días en que el peque está más lloroncito tampoco tengo tiempo para elegir ropa que pegue), cansada, y encima, juzgada por la gente del metro…

Menos mal que mi parada era la siguiente, pero aún así, esos 3 minutos se me hicieron eternos.

Obviamente entiendo la reacción de los demás pasajeros porque como ya he contado, yo también era así.

Pero ahora que estoy al otro lado y soy yo la que tiene un bebé gritando en la calle, he aprendido que a veces no se puede evitar. 

Incluso intentando hacer todo lo que según los libros es una buena crianza, los bebés lloran. 

Ahora sé que las mamás también se sienten impotentes en esos momentos, se sienten mal por molestar y no saben qué hacer, pero tienen que aguantarse. 

Y encima no están siempre en su mejor momento; son meses sin dormir una noche del tirón y sin siquiera tiempo para asearse y arreglarse a gusto. 

Se podría decir “cuando uno decide tener hijos, sabe que eso es lo que hay y toca aguantarse”, pero creo que antes de tenerlos, uno no se lo puede imaginar del todo.

Y de cualquier modo, todos fuimos en su día ese bebé llorón y muchos adultos nos aguantaron en su día. Ahora nos tocaría devolver la paciencia a nosotros…

Ese día seguramente yo tenía una cara de besugo disgustado tremenda. 

Y entonces pasó algo que todavía me emociona: se levantó una señora de mediana edad y me preguntó si quería sentarme. Le di las gracias y dije que no hacía falta porque me bajaba en la siguiente. Entonces me cogió el brazo y dijo “lo hace Usted todo bien, ánimo!” “Sie machen das prima, Durchhalten!”.

De repente mi frustración se hizo mucho más llevadera. 

Ese pequeño gesto me dió fuerzas para seguir haciéndolo lo mejor posible y me ofreció un alivio tremendo a mi continuo  miedo a molestar.

Esta señora desconocida me ayudó tanto que esa misma noche decidí empezar a escribir de una vez ese blog que llevaba meses queriendo escribir y para poder contar el incidente. 

Me encantaría pedirle perdón a la mamá de aquel bebé cuando yo estaba embarazada (además, debería haberle sonreído) y me encantaría darle las gracias a la señora amable del metro. 

Lo feliz que puede hacer un pequeño signo de comprensión!

Por cierto, la historia termina como conté en Paseo con chupete I; al bajar del metro pasé al peque del porta bebés al cochecito y dejó de llorar aliviado al poder chuparse los puñitos (se ve que le dolería la boca).

A tí que estás leyendo esto, si tienes ocasión de animar a una mamá agobiada, no lo dudes: seguro que harás más bien del que crees.
Como anexo, dejo algunos datos prácticos sobre el transporte público en Frankfurt:

En Frankfurt, la compañía que lleva los transportes públicos (autobús, metro, tranvía y trenes de cercanía) es la RMV.

Los billetes son en mi opinión tirando a caros: 2,80€* ticket sencillo (1,80€ si el destino está en el listado de paradas cercanas), pero hay bonos interesantes (Zeitkarten): para un día (Tageskarte), una semana (Wochenkarte), un mes (Monatskarte), un mes para viajes a partir de las 9 de la mañana (9-Uhr-Tageskarte) y un año (Jahreskarte). Con las tarjetas semanales, mensuales y anuales va incluido el viaje hasta el aeropuerto (en los billetes sencillos o de un día la tarifa es mayor para ir al aeropuerto que para viajar dentro del área metropolitana de Frankfurt). Además, a partir de las 19 (fin de semana y festivos durante todo el día) puede viajar otra persona adulta más gratis (Mitnahme).

Los niños viajan gratis hasta los 6 años. De 6 a 14, con precio especial.

Autobús: Bus

Metro**: U-Bahn

Tranvía: Straßenbahn 

Tren de cercanías: S-Bahn


*Precio de 2016. Normalmente siempre suben el 1 de enero

**Curiosamente, el recorrido del metro en Frankfurt no siempre es subterráneo

Enlace en japonés 🇯🇵

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6 comentarios sobre “Ese pequeño gesto

  1. A mi me da mucha pena de las mamás cuando oigo el llanto de los bebés de las casas de mis vecinos por el patio. Puedo imaginarme lo mal que están pasando los padres intentando callarles sin exito. Es porque yo tambien crié a mi bebé y me acuerdo que a veces me agotaba la paciencia… Creo que todas las mamás lo han padecido esta sensación de incompetencia. Los bebés nos educan ser pacientes, comprensivos y protectores cada día con nuevo desafío, así nos hace unos padres mejores y más fuertes!

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  2. Hola MiyukiMe ha gustado mucho la última entrada de tu blog y te confieso que me ha emocionado hasta saltarme las lágrimas. Sabía que tu vida era dura y que la encaras con valentía y esa tranquilidad que envidio en los demás. Creo que la única forma de agradecer a nuestros padres todos los sacrificios que hicieron por nosotros es tomar la responsabilidad de hacernos cargo de una nueva vida. Tu momento, vuestro momento, ha llegado. Cada persona debe tener sus propias vivencias y experimentar por si misma pero te anticipo algo que ya adivinas y que ya estás gozando de manera incipiente: no encontrarás mayor fuente de felicidad que ver crecer a tu(s) hijo(s), ver cómo descubren el mundo de tu mano y cómo una nueva criatura, nacida de tu seno, es capaz de llenarte sin límites.Y si, lo estás haciendo muy bien, no te quepa la menor duda. Besos

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  3. Ay Miyuki, la vida se compone de pequeños detalles que son los que hacen que sea especial. Y ese gesto, de esa mujer en el metro es de alabar. Seguro que te entendía y así te lo hizo ver. Bravo por ella y bravo por ti, por ser una supermami 😉

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